El estado de la agricultura protegida en México: misma historia, diferente industria

El estado de la agricultura protegida en México: misma historia, diferente industria

¿Alguna vez han escuchado la frase “misma historia, diferente pueblo”? Me parece que con ésta puedo explicar el estado actual de la industria. Y es que en la agricultura protegida nacional hay una historia cíclica que se repite continuamente conforme se van protegiendo nuevos cultivos o activando nuevas zonas productivas.

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Todo esto surge porque parece que, aun con el paso de los años y el cambio generacional, la forma en que se hace la toma decisiones es la misma.

Un amigo de la industria que fue muy querido, el cual ya no está conmigo (muchos podrán adivinar de quién se trata), en medio de un debate decía que el ciclo agrícola es en realidad de 1460 días. Es decir, que realmente no puede sentenciar si una temporada había sido buena o mala sólo tomando en cuenta un ciclo, sino que, en realidad, sería hasta el cuarto año cuando se pudiera realmente determinar el éxito o fracaso de la operación.

Me gustaría explorar el porqué de este razonamiento. Veamos:

  1. Ningún ciclo agrícola se comporta igual. Son tantas las variables que lo afectan: clima, plagas, gente, disponibilidad de insumos, etc.
  2. Ninguna inversión se proyecta a 365 días para su amortización, mínimamente se tienen que proyectar 4 años y, a como es el dinero tan caro en nuestro país, tal vez a 8.
  3. La curva de aprendizaje jamás se dará por completo en una temporada, las tecnologías tienen un periodo de ajuste y de comprensión para saber realmente su potencial o si el paquete tecnológico es acertado, pues tiene que haber una fase de prueba y error, y así poder concluir la técnica óptima.
  4. La gente requiere también ajustarse a los cambios, este es un recurso dinámico, entonces también está dentro del anterior.
  5. El mercado de las frutas y hortalizas es uno de los más dinámicos y variables, en el que la oferta y la demanda no son necesariamente su base. Hay tantos factores: clima, tendencias, modas, situaciones políticas, controversias comerciales o de salud pública, capacidad logística, etc.

Son muchas situaciones que hacen que cada año sea tan diferente, por lo que no se puede calificar correctamente la primera temporada. Ahora que lo pienso, quizás el ciclo agrícola debería ser de 2,920 días. En fin, lo podemos debatir, pero mi punto es que realmente el resultado logrado en un primer año de ejecución de un proyecto de agricultura protegida jamás contará la realidad sobre el éxito o fracaso de éste.

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La industria

Dejando esta primera premisa clara, veamos lo que ocurre en esta industria para el proceso de su desarrollo:

Un día aparece el agricultor “aventado” y progresista, empieza con una innovación en su zona de producción y, por ser el único en el mercado, (ultimadamente de que si fue lo óptimo su resultado), el cambio y la novedad en el mercado le hace “librarla” bien en el primer año.

Tras un rato en el que sus vecinos están de espectadores (un par de años quizás), otros se empiezan a percatar de que la apuesta redituó y entonces también se animan a imitar de forma fiel el modelo sin un protocolo en la mano, sin medir los cambios de variables que cada zona significa. Pero, aun así, lo que este amigo agricultor emprendió no tardó mucho en que se hiciera tendencia hacia el desarrollo de una industria.

La tecnología implementada no será validada o retada por muchos años, ésta continuará a desarrollarse y crecer. El factor detonante no fue un estudio de factibilidad técnica, sino que la apuesta fue más hacia minimizar la inversión para reducir el riesgo del experimento. En pocas palabras, la tecnología más barata, la de menor inversión inicial, se hace la alternativa popular.

Pero como el experimento funcionó, aun sin una referencia alguna, entonces por percepción se determina como la tecnología óptima del momento.

Lo que sigue después es sumamente interesante, resulta que todo mundo empieza a seguir la tendencia, invertir en la tecnología que todo mundo usa, basando más su criterio en baja inversión inicial, por lo que crece lo más rápido posible su extensión, sin medir el costo-beneficio del proyecto a mediano plazo, es decir, nadie se cuestiona en este punto si hay una tecnología que promueva eficiencia, optimización, rentabilidad y mejores resultados a largo plazo.

El crecimiento se va dando según “qué tan buena fue la temporada”, si ésta fue positiva, se crece; si fue muy buena, se duplica su hectareaje; y si fue mala, se expande poquito, porque la que viene es la “buena”.

Después, como resultado de la moda y del crecimiento exponencial, la presión a los mercados empieza a sentirse, no tarda ni 8 años de esta tendencia para que los expertos se den cuenta que el crecimiento exponencial es insostenible, por lo que los mercados se debilitarán. Es decir, éste es el momento histórico en que las distribuidoras en Nogales y Texas empiezan a resentir que el mercado se disminuye y frena, porque las llamadas de sus clientes disminuyen, los teléfonos dejan de sonar y los precios empiezan una tendencia a la baja.

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En este punto, sabiendo que el agricultor acaba de crecer 10 hectáreas más, viene la disyuntiva: “¿cómo le digo que ya no mande tanto volumen?”. Y es cuando el comercializador le informa a su productor que necesita más calidad, que el precio sólo se lo podrá mejorar si los embarques que mande son de primera.

Después, el agricultor empieza a concluir que las estructuras o tecnologías que está usando, quizás lo están limitando a cumplir la demanda de su agente comercializador, y es aquí donde empieza la búsqueda de tecnificar su operación.
Se llega a la decisión de que se necesitan proteger y manejar mejor los elementos como el clima, temperatura, radiación, plagas y enfermedades, si quiere aspirar a los mejores precios.

Unos años atrás, un amigo líder en la produccion de pimientos, me dio una cátedra en su oficina, explicándome por qué un invernadero activo o de alta tecnología (como erróneamente se le distingue), es más rentable y fácil de amortizar que una casa sombra.

El argumento es sencillo. Dentro de una técnica que hace mejor manejo de los elementos, aun cuando la inversión inicial y de operación es mucho mayor, el resultado en productividad es mucho mejor. Pues no sólo permite incrementar los kilos por metro cuadrado de forma muy significativa, sino que el porcentaje de primeras calidades también era mucho mayor, por lo que se le permite vender más volumen de mejor calidad y, evidentemente, a mejor precio. Por decir algo, si una casa sombra permite la producción de 16 a 18 kilos de pimiento por metro cuadrado, con un 60% de primeras, el invernadero activo lo duplicaba a 36 kilos con un 90% de primeras.

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Situación actual

Esa es la situación actual de la agricultura protegida. Estamos en un momento donde el argumento en hortalizas quedó sancionado y acordado, hoy se necesita eficiencia, hacer más con menos, más calidad, mayor rendimiento para poder obtener una rentabilidad aceptable.

En el caso de tomate, un negocio que no aspire a por lo menos obtener 45 kilos por metro cuadrado con rendimientos del 85% de primera calidad, no va a sobrevivir las secuelas de la caída del acuerdo de suspensión a la investigación dumping que se dio en 1996. Es decir, el que quiera producir y exportar tomate al mercado norteamericano tendrá que hacerlo con tecnologías más activas, que controlen temperaturas, humedades, radiación, etc.

Esta historia tardó 19 años, 5 negociaciones dumping, no se cuántas controversias de salud pública, y otras tantas caídas de mercado por sobresaturación de volumen, pero la lección finalmente permea.
Y la misma experiencia va para el pimiento, pepino, berenjena y toda hortaliza que hoy se va a exportar. Necesita mejores tecnologías para incrementar rentabilidad y éstas tardarán 4 años para sancionar el resultado positivo en la operación.

Es grato para mí ver que esta mentalidad ha activado a mis amigos constructores de invernaderos a mejorar su oferta de estructuras para ayudar a la optimización de la horticultura protegida.

Hoy, la oferta de alta tecnología o invernaderos activos no es exclusiva de empresas extranjeras, sino que son también los mexicanos los que han podido ponerse en niveles más altos de competitividad.

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También las lecciones son capitalizadas. Por ejemplo, las condiciones del territorio nacional son extremas, los suelos son dinámicos, el clima es agresivo, los vientos más violentos y el cambio climático ha dado todo un nuevo manual de cómo fortalecer las estructuras. Al mismo tiempo, se han optimizado los métodos de construcción, instalación y los diseños son más resistentes y con menos materiales, lo que ha permitido hacer inversiones más en sintonía con el mercado.

En el sector de las hortalizas la evolución es notoria, el nivel de integración, profesionalización y tecnificación es ejemplar a nivel mundial, yo diría. Las lecciones no fueron fáciles, ni baratas, pero el camino se recorrió, hubo quien no sobrevivió la curva de aprendizaje y quien aún está pagando el costo de ésta. Pero finalmente se estableció, se formalizó en empresas de alto nivel profesional en regiones donde la tecnología y el clima pueden trabajar más en sintonía.

Muchos temas evolucionaron, la mano de obra es también formal y los profesionales del campo han aumentado los niveles de competencia en la parte productiva, post cosecha, logística, operativa y administrativa.

Hoy vemos que la horticultura se concentra en regiones con mayor vocación, dejando atrás la tendencia de establecerse donde sea, sin estudio previo. Su mayor desarrollo se da en estados como Baja California, Sonora, Sinaloa, Jalisco, Michoacán, San Luis Potosí, Guanajuato, Aguascalientes y Coahuila. Con un desarrollo interesante en Durango, Nayarit, Zacatecas, Morelos, Hidalgo, Puebla, etc. Contamos con casi 30 mil hectáreas en producción, donde las tecnologías activas y semi activas le “comen” terreno a las pasivas.

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Las berries

En el mundo de las berries, se puede decir que tiene 11 años desde que se convirtió en tendencia, el crecimiento es simple y sencillamente exponencial, es una industria que marca hasta ahora que su desarrollo acelerado ha sido exitoso. Vemos más empaques, más hectáreas de macro túneles, en más regiones del país.

Se habla de 36 mil hectáreas instaladas hoy, con un dinamismo en el cultivo dominante, donde hoy el de moda es el arándano, pero en algún momento lo fue la fresa, después la frambuesa, y también la zarzamora ha reclamado su importancia en la participación del mercado.

Su desarrollo ha invadido el sur de Jalisco: Sayula, Ciudad Guzmán, Jocotepec; los municipios tradicionales de Michoacán; se suman Guanajuato, Hidalgo, Colima, Baja California y ahora el norte de Sinaloa está en la contienda. La historia de su desarrollo, muy similar a las de las hortalizas, se inicia con las tecnologías más pasivas, las que se ofertan por su aparente baja inversión inicial.

Es una década después que se empieza con el debate sobre la prudencia de tecnificar las estructuras y evaluar si es más rentable y viable promover mejores inversiones para así promover productividad, calidad y minimizar los retos de clima, plagas y enfermedades. Los agricultores empiezan a cuestionar sobre lo conveniente de la “baja inversión inicial”, pues si un macro túnel por hectárea cuesta en promedio 400 mil pesos ya instalados, y sus costos de quitarlo y ponerlo en cada ciclo ascienden a 85 mil pesos, agregando una merma anual de materiales de 35 mil pesos, tomando en cuenta los 4 años de “la temporada agrícola”, resulta ser que la tecnología costó un poco mas de lo que se pensaba (960 mil pesos, de acuerdo con mi ejercicio expuesto).

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Tal vez si se hubiera invertido un poco más en tecnología, hubiera redituado en mayor productividad y calidad, dejando en la mesa 4 años de mejores ingresos. En fin, creo que son disyuntivas que esta industria tendrá que ir madurando.

Lo cierto es que ya vemos que compañías que proveen las estructuras, han desarrollado alternativas más tecnificadas que permiten mejores controles, buscando optimizar procesos y productividad con inversiones más fuertes. Pero yo diría que, tras el ejercicio anterior, tenemos un “colchón” para pagar un poco más de inversión en su inicio. Vamos, la experiencia hortícola lo recomendaría.

Cabe decir que ya hay producción de fresas y arándano dentro de invernaderos tecnificados y que las estructuras que proponen en el mercado ya tienen su grado de especialización y mayor ciencia.

El estado de la industria es fácil de contar, mi resumen es: “Misma historia, diferente industria”. La regla está escrita ya en piedra: necesitamos mejores tecnologías para incrementar productividad, calidad, eficiencia y, consecuentemente, la rentabilidad, no podemos basarnos con el resultado de un año para decretar una operación y, la más difícil, acelerar la amortización de las estructuras es el primer paso, antes de crecer y no hacerlo tras “una buena temporada”.

Hasta aquí mi reporte.