Agricultura protegida en México: potencia mundial y desarrollo tecnológico

 

Frecuentemente, hablo de la historia detrás de la agricultura protegida mexicana y se siente como si estuviera relatando una etapa histórica muy larga de mi país; sin embargo, se ha desarrollado rápidamente, llena de drama y lecciones amargas, pero con abundancia en éxitos y ejemplos memorables.

La historia

Podemos empezar recordando los 50´s, momento en que los primeros invernaderos se establecieron en este país alrededor de la capital como viveros para producir las flores y plantas que daban alegría a la metrópoli el, aquel entonces, Distrito Federal. O de los 80´s, cuando éstos empezaron a surgir para la producción de plántula que sería trasplantada en los extensos campos de tomate que se desarrollaban en los estados de Sinaloa, Sonora y, posteriormente, en el sur de Jalisco.

Pero, para este análisis, debo enfocarme a la industria que surge y se establece a finales de los 90´s, cuando intrépidos agricultores, apoyados de inversionistas extranjeros, dieron forma a una industria que llegó para quedarse.

Al cierre del siglo pasado, el territorio nacional ya contaba con 783 hectáreas de ciclo completo establecidas en Jalisco, Sinaloa, Estado de México y Sonora, principalmente con tecnologías extranjeras y de origen español, holandés y francés.

“Recta” de aprendizaje

Esta primera etapa es la que yo llamo “la recta de aprendizaje”, ya que fue tan difícil que rebasó el concepto de curva, hubo lecciones complejas, duras, costosas y, en algunos casos mortales.

No hay que perder de vista que muchas de estas inversiones se complementaron con programas internacionales que tenían como objetivo impulsar las exportaciones de tecnología de sus países a naciones en vías de desarrollo, como era en aquel entonces visualizada la nuestra.

Desde luego, esto no fue lo óptimo, ya que tecnologías desarrolladas para las condiciones climáticas, laborales y comerciales de sus lugares de origen, fueron copiadas y establecidas en suelo mexicano, sin tomar en cuenta la diversidad climática única de México, la situación laboral (en ese momento había muy poca disposición de mano de obra calificada y de personal técnico que apoyara la implementación de dichas tecnologías), pero, sobre todo, las condiciones comerciales.

En ese entonces y hasta la fecha, nuestro mercado meta de Norteamérica es extremadamente informal e inmaduro y se basa en una aberración de la ley de la oferta y la demanda, contrario a Europa y otros mercados de verdadero valor, donde la calidad hace la categoría y es un precio predeterminado y normalmente fijo.

Muchos recordamos fracasos: múltiples créditos otorgados fueron considerados pérdidas, se cerraron agrícolas, se retiraron casas de consultoría extranjeras y, por ende, los apoyos internacionales se negaron.

Un monstruo

Pero, puesto que esta historia se sigue redactando, es evidente que hubo también casos que lograron sobrevivir, capitalizar lecciones y consolidar una industria a la que hoy se le llama “un monstruo” por algunos de los países que atestiguan de cerca el desarrollo de la agricultura protegida mexicana.

Para arruinarte suspenso de este relato, hoy en México existen 57 mil hectáreas en operación, de las cuales 27 mil son de horticultura, 29 mil de berries, y el resto se distribuye entre explotaciones ornamentales, flores y viveros. Cabe destacar que la capacidad instalada de esta mega industria supera el valor de los 7.5 mil millones de dólares, considerando las estructuras productivas, las plantas procesadoras, empaques y cuartos fríos.

Ahora, te estás preguntando “¿cuántas de esas estructuras son de alta tecnología?” Si el buen César Campaña, extinto líder de este gremio, viviera, te diría: “todo es alta tecnología desde el momento en que estás aplicando una técnica en cultivos con alta densidad. No cabe el concepto de baja tecnología”.

Verás, mi maestro me educó para entender las tecnologías por su dinamismo, es decir, qué tanta interacción dinámica de la estructura tiene con el cultivo. Él hacía la clasificación de “tecnologías pasivas” (aquellas que sólo son una barrera física fija, como las casas sombras y túneles), o las “tecnologías activas” (las que incorporan componentes dinámicos para el manejo de los elementos, como la temperatura, ventilación, humedad, luz y radiación solar). Todo lo intermedio es “semiactivo”, donde predominan las estructuras fijas, pero con componentes de hidroponía o ventilación automatizada.

Ahora, si vamos a establecer eso como la regla, entonces hay que entender que la agricultura protegida es la rama del sector primario, que utiliza estructuras para el manejo de los elementos, potencializar los recursos naturales y defender el cultivo de forma física, teniendo un especial peso ante los efectos del cambio climático.

Siendo este el reto detrás del servicio que un buen proveedor de tecnología debería proporcionar: otorgar un traje a la medida para los requerimientos específicos de cada productor.

Definiendo la agricultura de alto valor

Sin embargo, con todo este conocimiento, aún nos ha sido difícil entender que el objetivo del juego de la agricultura de alto valor nunca ha sido producir kilos por metro cuadrado, sino producir utilidades dentro de ese mismo cuadrante. No se debería medir en kilos, sino en pesos, dólares, euros, o cualquier moneda que resulte de la operación como ganancia.

Por ello, esto es un juego de precisión donde se incorporará la tecnología óptima que te permita lograr los rendimientos y calidades que te ayuden a lograr el mejor retorno, sin que la tecnificación se convierta en una inversión que absorba todos los ingresos durante largos años de amortización.

Las cuatro congruencias

A este complejo concepto se le llama la “regla de las cuatro congruencias”, en la que todos los proyectos deben ser congruentes técnicamente (incorporar la tecnología adecuada para la región, clima, mercado y mano de obra); económicamente (el proyecto debe generar la máxima rentabilidad); comercialmente (producir acorde a los requisitos, requerimientos y expectativas de tu mercado meta para que la relación sea permanente, y la relación comercial deberá existir antes de la producción); y socialmente (el proyecto debe trabajarse con el recurso humano que dispones y éste, a su vez, tiene que generar empleos dignos y fijos para poder asegurar el futuro tanto de la agrícola como de todas las familias que de ésta dependerá su sustento y crecimiento).

Al cumplirse los cuatro puntos es como hoy muchas empresas se ganan los títulos de ser productivas y sustentables.

Al principio, esta lección tardó en permear, muchos agricultores apostaron a las tecnologías más pasivas, para así lograr mayor extensión con menores inversiones. El resultado: empezaron a inundar mercados con altas productividades y calidades no tan consolidadas, demeritando mercados.

El otro lado de la monera fueron los casos de empresarios que incorporaron tecnologías en todos sentidos, invernaderos de vidrio con sistemas de clima artificial, que no necesariamente eran justificados. El resultado: altas productividades, con óptimas calidades, en un mercado inundado por sus colegas con tecnologías más pasivas, inmaduro, que sigue premiando más la basura en épocas de alta demanda que el producto de calidad en temporadas de baja demanda. Situación que tampoco se clasificó como rentable.

Para el cierre de 2009 había una relación de casi el 80% de tecnologías pasivas contra el 20% activas.

Agricultura protegida hoy

La buena noticia es que hoy México aprendió y apuesta a que su decisión de tecnificar sus agrícolas esté dictada con base a objetivos comerciales, estrategias competitivas y demanda programada.  Fruto de ello es que cada vez son más los proyectos que incorporan las tecnologías justas y requeridas para lograr los objetivos, en sintonía con su capacidad social y el apoyo técnico con el que se cuenta. Bajo la regla de Campaña, ahora sí abundan los proyectos de “alta tecnología”.

Además, México ya cuenta con más profesionistas, técnicos y mano de obra especializada para esta industria, pues la agricultura protegida nacional emplea de forma directa e indirecta al 2% de la población económicamente activa y formal.

Debo concluir diciendo que la industria de Berries, cuyo crecimiento ha sido exponencial, está cometiendo los mismos errores que sus colegas los horticultores. Los productores están incorporando tecnologías muy pasivas, principalmente por el bajo costo de instalación y la oportunidad de establecer más territorio de producción. La justificación es una supuesta ventana comercial que, ante la aspiración de globalizar mercados más allá de Estados Unidos, ya pierde todo sentido.

Pero hay una evidente incongruencia social, la escasa mano de obra encarece el proceso de armar y desarmar dichas cubiertas y, sumado al cambio climático, estas estructuras ya no son la mejor protección. Esto motiva a muchos de los agricultores más avanzados en dicha industria a replantearse si lo barato les está saliendo más caro. ¿Será que al igual que en la horticultura protegida, habrá respuesta en tecnologías más activas y fijas?

No le cambies de canal, esta historia continuará, las siguientes temporadas marcarán la evolución de las estructuras que serán las adecuadas para esta industria.

Como conclusión, por ahora, uno vive, se equivoca y aprende, la mejor decisión siempre va a estar basada en el modelo más productivo y sustentable, promoviendo un equilibro en todo sentido.

 

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