La naturaleza ama la diversidad
La primera vez que el hombre sembró una semilla en el suelo, hace unos 10,000 años, este acto de inspiración condujo a la transformación total de nuestras vidas y del Planeta.
La primera vez que el hombre sembró una semilla en el suelo, hace unos 10,000 años, este acto de inspiración condujo a la transformación total de nuestras vidas y del Planeta. Al percatarse de que era posible manipular la Naturaleza para acomodar su necesidad de alimentos, el hombre comenzó a transformarse a sí mismo, de cazador-recolector nómada a agricultor sedentario. Plantó la semilla de un nuevo mundo, el cual germinó, se desarrolló y creció para convertirse en el que hoy conocemos.
Hoy día, es ese agricultor, que siembra las semillas y cuida los cultivos, quien hace posible que 6,000 millones de personas puedan alimentarse y vivir en este mundo.
Pero sustentar a la población mundial es una tarea complicada, la cual nunca hemos llegado a perfeccionar. La Organización de Naciones Unidas (ONU) convocó el mes pasado una reunión de emergencia en Suiza para tratar la crisis del hambre actual avivada por la subida de precios de alimentos.
El hombre agrario, después de plantar las semillas, no tardó en iniciar un proceso de mejoramiento genético, al seleccionar las plantas más robustas de su cultivo y guardar sus semillas para sembrar el próximo cultivo. El descubrimiento del milagroso fenómeno de vigor híbrido constituyó un salto adicional en nuestra capacidad para producir alimentos en abundancia.
La producción de alimentos avanzó de nuevo en el siglo pasado al utilizar combustibles fósiles en tracción para trabajar el campo y nitrógeno para alimentar los cultivos, junto con aplicaciones químicas para combatir plagas y enfermedades. Éramos capaces de especializarnos, al plantar enormes extensiones de un solo cultivo y reducir la dependencia del multicultivo y de las rotaciones de cultivo como sistemas de control de plagas y nutrición vegetal.
Pero desde entonces, hemos descubierto que la naturaleza detesta la simplicidad. Un sistema monocultivo, carente de diversidad de flora y fauna, tiene poco que ver con el equilibrio ecológico. Insectos que crecen en un hábitat de monocultivo consumen una concentración pura de alimentos, carecen de depredadores naturales y finalmente desarrollan resistencia a las medidas químicas utilizadas para limitar su población. El suelo también pierde su equilibrio de organismos diversos y su capacidad de alimentar al cultivo.
Actualmente, la agricultura se inclina a cambiar de nuevo hacia sistemas con más biodiversidad. En una iniciativa llamada Manejo Ecológico de Plagas (MEP) se emplea mayor diversidad de plantas en los cultivos y alrededor de éstos para crear hábitats que atraigan y favorezcan a enemigos naturales de las plagas. Mediante cultivos de cobertura, rotación de cultivos, composteo y otras medidas, los productores crean materia altamente orgánica y abundancia de actividad biológica en el suelo.
El empleo de un sistema biológicamente diverso para producir cultivos favorece los métodos biológicos de control de plagas. Además, puede ampliar el mercado del productor, al resultar atractivo para un creciente número de consumidores en busca de alimentos producidos de manera ecológica, con menor dependencia o incluso ausencia de plaguicidas.














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